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Teatro para mamá: amor, ternura y melancolía cómica; una pieza teatral para reflexionar.

Escrito por Robert R. Jiménez

Editado por Natali Hurtado.


La acción no siempre puede traer la felicidad; pero no hay felicidad sin acción; con esta frase del político y escritor británico Benjamín Disraeli (1804-1881) (que más adelante explicaré) quiero iniciar esta reseña.


La noche del pasado jueves 2 de mayo me di cita en Chao Teatro y viví una experiencia diferente en mi calidad de espectador, ya que solo había asistido a conciertos en dicho lugar (aunque tengo la seguridad de que el teatro no se limita a un lugar especial) pero nunca había tenido el interés de ver un obra teatral allí.


Sin expectativas, me dispuse a disfrutar de la noche donde tres obras serían presentadas. El primero en salir al escenario fue Mario Arturo Hernández con un monólogo muy divertido donde interpretó a un ingeniero, que con su humor deleitó a los presentes, dando a conocer su relación con su "madre tóxica" o "sobreprotectora". Hernández sorprendió con su dominio y complicidad con el público, al igual que con sus diferentes interpretaciones que complementaban la historia y que me mantuvieron a la expectativa de lo que iba a pasar.


Admiré su presentación porque entiendo que para un actor que está sólo en el escenario, es todo un reto hacer que el espectador se mantenga enganchado a la historia.


Resaltó que esta primera parte de la obra tenia una delicada y sencilla escenografía que hacía del teatro un espacio acogedor y tierno, suscitando a su vez un romanticismo que emergía con la iluminación... por momentos olvidé que estaba en Chao Teatro, y por más de una ocasión me sentí más bien en una sala de teatro convencional.


Al momento de iniciar el segundo acto donde María de Jesús Vargas y Brian D’Elena compartían el escenario, la obra dio un cambio radical de lo que había visto en el primer acto. De una oficina pasamos a una sala de espera en un centro de salud, donde estos dos personajes también se hicieron cómplices con el publico presente. La trama de esta escena se desarrolló con diálogos donde los personajes se hacían reclamos, y como diríamos en buen dominicano: se tiraban los trapitos al sol. Viéndolos y sin parar de reír, analizaba los momentos en que la desesperación invade a los miembros de una misma familia. Momentos en que nos volvemos empáticos, y podíamos sentir el mismo dolor o alegría que los que nos rodean. Pensé en la alegría mezclada con dolor al ver a los personajes cuando se gritaban y luego se hablaban con cariño en medio de un parto, creando un momento mágico, doloroso y amoroso al mismo tiempo.


El momento quizás más esperado por muchos y final de la noche, era la salida de la gran Adalgisa Pantaleón (sin quitar el mérito a los demás actores). Este tercer y último acto donde vimos a una anciana en un hogar para envejecientes, nos contó la cruda realidad que viven mucho ancianos. Y es aquí en donde hago un alto y centro la frase del inicio; sin dejar de ser una obra teatral de comedia, todo cambió en la atmósfera en esta última parte de la velada. Entró Adalgisa como anciana, acompañada por una monja, Victoria Comas... Ambas presentaron una historia centrada en el abandono de los hijos. Esta señora nos contó su vida de casada, de madre, y a la vez de madre abandonada, donde puedo asegurar que varias lágrimas rodaron por las mejillas de los presentes.


Creo que lo que vimos en este tercer acto de la obra es una las más grandes funciones del arte: tocar esa sensibilidad en nosotros los seres humanos para hacer conciencia de cosas que quizás no le damos importancia. Esta obra teatral cumple eso, aporta a la sociedad un mensaje de cambio. Y tomando este mensaje, válido tanto para madres como para padres, recordamos que es muy triste ver cómo muchos envejecientes están olvidados por sus hijos y luego mueren en centros para ancianos o solos en sus casas. Esta obra concientiza sobre el valor que los ancianos tienen en la familia y habla de que su esfuerzo, su dolor y sus alegrías deben ser valoradas.


En el melancólico y gracioso final los personajes de los actos uno, dos y tres, se unieron en la interpretación de una hermosa canción que dio un cierre mágico, complementado con la presentación de fotos de los actores y el equipo técnico junto a sus madres.


Felicitaciones a Frank Ceara por esta gran historia y por regalar al público ese gran talento que Dios ha puesto en sus manos, demostrando junto a todo el equipo, la calidad de nuestros artistas y el teatro dominicano.


Como resumen general puedo decir que es una obra que recomendaría a cualquiera. Lo único que no me gustó fue que entre acto y acto no se cerró el telón. Opino que esto pudo quitar un poco de expectativas a lo próximo que venía. No sé si fue decisión de la producción o algún error técnico, pero es solo una opinión muy personal.


Y concluyo esta reseña con mi frase favorita, ¡el arte no se toca, te toca!

¡Que viva el teatro dominicano!


Ficha técnica:

Guion y producción general: Frank Ceara y Música por un Tubo

Dirección teatral: Brian D’Elena

Actuación: Mario Arturo Hernández, María de Jesús Vargas, Brian D’Elena, Victoria Comas, Adalgisa Pantaleón.


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