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Recordando "La obra sin nombre"

Texto y fotos: Rogely Wilson Alcántara @rogelywilson


¿Cómo se inicia a describir una obra que no ha sido bautizada, que su padre no quiso nombrar? Desde el título nace el misticismo de esta original puesta en escena. A través de colores muy llamativos colocados sabiamente, tanto en el vestuario como en el diseño de luces. Con una escenografía muy simbólica y apoyada la palabra de una coreografía poética, el director se hace eco de ese llamado de emergencia, de auxilio, de desesperación que hace cada uno de los personajes que componen esta historia.


Desde una óptica, que a todo espectador le resulta familiar, se nos presenta a una trabajadora harta y cansada, (valga el pleonasmo) del abuso, tanto por la explotación desmedida en su empleo, como en la constante lucha por no ser devorada por los supuestos piropos y toqueteos de mal gusto, que existen en cada rincón de nuestra media isla.



A su vez, vemos este juego del gato y el ratón que se da día a día en el matrimonio, porque sí señores “esto es un juego”, así nos quieren hacer ver aquellos personajes tan típicos de nuestra novela, llamada vida. Una mujer con destellos de amor propio, pero que se deja cegar por las sobras de “cariñitos” que le deja el marido. Un esposo ultra machista, doble moral y abusador, que entiende que él sí puede liberarse en las noches con otros cuerpos, con otras bocas, pero que no le cabe en la cabeza la idea de que su mujer haga lo mismo, de que su mujer se libere de sus garras. Porque señores, en ese juego sólo gana el mejor jugador.


Por otro lado, vemos el conflicto interno que vive desde su oscuridad, este hombre que no se siente masculino, que respira flores y feminidad, pero que la sociedad quiere que juegue con carritos. Vemos a un joven incomprendido, tanto por su familia como por la sociedad que lo acoge, que cree que sólo encontrará la paz más allá del abismo.


Para culminar este festín tragicómico, el alma de la fiesta, la diva, la “emprendedora del cuerpo”, nos cuenta desde su dolor cómo a pesar de cumplir con los estándares sociales, estudiar, egresar y emplearse, decidió dejar ese viaje y bajar del tren en la parada que, aunque la sociedad quiera ocultar, es donde terminan muchas vidas… entre tules, maquillaje, bebidas alcohólicas, caricias pagas y gemidos fingidos. Son muchos que, como ella, buscan sobrevivir apegadas al riesgo, al peligro, a las enfermedades, al disgusto constante y al paladar agridulce, pues si no es así, no son capaces ni de conseguir el manjar dominicano llamado “arroz con huevo”, que al comerlo todos los días, hace que se empiece a odiar el sistema, las manos que nos gobiernan, y de cuando en vez, la vida misma.


Qué triste, qué impotente, qué trágico, que esta obra sea un reflejo idéntico de muchas personas que vemos de reojo al caminar y que simplemente olvidamos desde que miramos un post en Instagram. Ellos, gracias a Dios, encontraron a alguien que busca hacerlos visibles. De nosotros depende observarlos o quitar la mirada.


Obra estrenada por la Compañía Teatral Trípode. @teatrotrípode

Dramaturgia: Virgilio Burgos @virgilioburgosm

Dirección: Javich Peralta @javichperalta

Actuaciones: Ángel Martínez @angel_mmart

Jhonson Ogando @jhonson_ogando

Hellen Álvarez @hellenalvarezoficial

Paola Mejía @paolamejia1710

Roni Encarnación @roni_3ncarnacion

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