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Inspírate con nuestros posts de arte, moda y motivación

Escrito por Robert J. Rosario

Editado por Natali Hurtado

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Hace poco el escritor, educador y actor dominicano Patricio León nos dio a conocer su más reciente publicación literaria titulada Rapsodia para la luna y cuerdas. Relatos poéticos de luz nocturna”, un libro que en su descripción Carmen Heredia nos plantea que la música y el teatro actúan como representantes del tiempo.


Este libro nos cuenta historias de amor, ese amor puro que puede sentir el ser humano común y corriente hacia otro ser, ese amor que nos puede volver ciegos, frágiles y que nos puede llevar incluso a perder la cabeza, volvernos violentos y al mismo tiempo valientes.


Patricio León supo plasmar en cada texto la sensibilidad del ser humano, contando la historia creada con elementos de la cotidianidad humana y llena de metáforas, con las cuales ese amante de la historia pudo expresar todos sus sentimientos. Con esta narración dividida en una serie de relatos, Patricio pone en evidencia que la literatura contemporánea dominicana tiene gran calidad y que tenemos escritores criollos que siguen haciendo aportes en el mundo de las letras.


El escritor italiano Federico Moccia dice en unos de sus grandes éxitos: “¿Sabes a qué cosa se le dedican muchas canciones? Exacto, al amor. Bello, feo, triste, alegre, fuerte, débil, casto, porno, violento, soñado, olvidado, antiguo, moderno...". (Tres metros sobre el cielo, 1992). Y realmente tiene razón, porque este libro es un canto a varios de esos tipos de amor que Moccia menciona, ya que el ser humano, al amar no se limita y una persona puede provocar en nosotros un amor alegre y violento a la vez.


Al leer las 16 cuerdas (capítulos) que contiene este libro pude encontrar una sublime conexión. Debo mencionar que la manera en la que Patricio aborda el tema del amor de forma tan envolvente, me sedujo y me hizo sentir parte de este libro. En ocasiones no sé si era el gato o si era el narrador, pero cada detalle, frase, momentos eróticos y de tristeza que están en este libro, me absorbieron de manera peculiar. Considero que se puede comenzar a leer por cualquiera de sus capítulos e igual no perdería la esencia.


Con este libro pude constatar que la conexión que existe en el arte es algo infinito, ya que mientras avanzaba y leía, viajé a mi adolescencia y recordé el icónico álbum de la banda española La Oreja de Van Gogh titulado “El viaje de copperpot”... y quizás me preguntes ¿Qué tiene con el libro? Pues el romance que existe entre ambos es sorprendente. Ojo, no planteo que Patricio se inspiró en el álbum para escribir el libro, solo que en cada cuerda que leía sentía alguna conexión con canciones de este álbum.


Creo que el arte es algo único y que no existen enemistades entre sus diferentes manifestaciones, más bien una eterna armonía y un gran amor, el amor más puro, de ese que habla Patricio en su libro, que es el mismo que destila en el arte. Quizás pienses que es una comparación fuera de lugar, sin embargo, para justificarlo te haré una pregunta: ¿qué sería del cine sin la literatura, la música, la fotografía, la arquitectura?...


Por eso al terminar de leer este libro me hice esta pregunta: ¿Existe en los seres humanos esa magia que une el arte sin importar su género o manifestación? Si así fuera, el mundo sería más sencillo y no abundarían tantas cosas negativas.


Como conclusión, considero que este libro es una joya de la literatura dominicana contemporánea, por su lenguaje, compasión y carga sentimental… un libro donde se conjugan la literatura, la música, el cine y el teatro.



Escrito por: Gabo Ricart @gabo.ricart 2021 Foto: Cameron Casey

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Antes de cada guerra la busco en labios para poder obviar profecías.

Así me hago menos daño y cuando me lo hago igual

al menos me curo antes

y no duelen tanto tantas heridas.


Sé que ella juega a las sopas de letras con los sentimientos

y qué al silencio de gestos le llama intimides,

a la vergüenza despuntes de osadías

y me dice love en mensajes porque tanto te quiero

como que tanto satura: rojo chillón sabor labios

y el personaje que Chedy García nunca se atrevió a inventar

porque poteleche no habría sabido dibujarlo: clitorix,

la sirena con rastas y miedo al mar

que doblaba los dedos de los pies al pellizcar la arena.


entre tanta fantasía uno olvida la realidad del trabajo,

el firme inconformismo a las firmas,

la falta de tacto al hablar de separar camas.

Hay días que la osadía apuntala un sábado por la mañana

y las terrazas se llenan de hilo musical y playas de piedras en forma de Luna ,

cervecitas y sal de piel mi amol cuando salgas del agua.


Tonterías (te admiro Shanti) para no dormir

y risas que rozan los límite de la borrachera.


No voy a ocultarle al viento que el mejor escondite está entre tus piernas.

No voy a mirar a otro lado ni a soltarte la mano cuando prohiban los auxilios en carretera.

He crecido lo suficiente para partirme el pecho por una simple y puta idea,

he servido tantas mierdas y tantas mierdas he tenido que tragar

que no me da igual callar cuando a otros les da por tirar las cartas a la hora de ponerlas sobre la mesa.


No se puede amordazar a quien fusila el qué dirán con la fuerza que da un sueño.

No hay redes ni verjas, no hay paredes ni mucho menos ética o justicia moral

ante el milagro real de un tu y yo modalidad cuerpo a cuerpo.


No me vengan con esa.

El amor es algo más que decir sí quiero en un contrato de propiedad.

En mi casilla, lo he dicho siempre, lucho y muero.

A mí manera.

Podrán decir que me faltó ingenio.

Que no supe usar otras palabras. Que me quedé un poco lejos de saber gritar

o de hacerlo con talento

pero no dirán, porque eso jamás lo podrán decir,

que no me dejé la garganta

en el intento.


Ahora, con su permiso, y sin él también, me voy a desnudar.

Porque a ella no le gusta verme con ropa en sus sueños.

Por Gustavo A. Ricart, Cineasta @gabo.ricart

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“Crónicas de una Oveja Negra”, el primer poemario de Gustavo Jorquera, a la venta en Cuesta Libros, se presenta como una creación única que muestra un hábil manejo de los recursos expresivos del lenguaje y una gran amplitud cultural. Su lectura nos brinda una experiencia fascinante al conectarnos con la incertidumbre de ser joven. Es un libro que combina relatos, poesías y narraciones, incluso a veces parece contar breves cuentos. En resumen, "Crónicas de una oveja negra" es una verdadera delicia para los ojos.


Según Ramón Mesa, escritor, pintor, editor de libros y poeta, Gustavo Jorquera se encuentra en un proceso de maduración que lo llevará a convertirse en un escritor de grandes dimensiones. “Es como una larva que se transforma en una mariposa gigante.”


El estilo audaz que juega con los tiempos y las palabras convierte a "Crónicas de una oveja negra" en un libro tentador desde el título. Sin embargo, al adentrarnos en su contenido, descubrimos que esta oveja negra esconde un lobo feroz en su interior. Las metáforas son frecuentes, pero no repetitivas, y hacen que el libro sea una invitación a sumergirse en la frescura de sus textos, llevando al lector a conectar con sus emociones en más de una ocasión.


El poema titulado "Ayer morí" es una reflexión profunda sobre la muerte y la vida. Jorquera expresa su sorpresa al darse cuenta de que llevaba tiempo agonizando, y aunque había esperado encontrar cura en sonrisas o abrazos, reconoce que la vida misma es una enfermedad y morir por ella es inevitable. Durante su lucha experimenta muchas cosas buenas y se aferra a la idea de enfrentarse a los desafíos para satisfacer su deseo de superarlos.


En su muerte, el poeta se encuentra solo y rodeado de desconocidos, lo que lo lleva a reflexionar sobre la importancia de no depender de los demás y evitar resentimientos. Murió de pie, sin cicatrices visibles en su espalda, habiendo enfrentado los golpes de la vida con valentía. Reconoce que debió haberse hecho amigo de sus demonios en lugar de intentar ser salvado por otros.


Ayer morí en una danza desesperada, enfrentando un fin del mundo personalizado y orgulloso de sus creaciones. Lamenta no haber conocido antes la "dama elegante" de Saramago, haciendo referencia a la muerte, a quien ahora le rinde pleitesía. Morir en silencio lo hace sentir vergüenza después de haber llegado al mundo lleno de revolución.

La muerte le permite reencontrarse con el amor eterno y ver el rostro de aquellos que lo aman, pero se arrepiente de no haber amado lo suficiente a cambio. En su muerte, revive momentos significativos de su vida y experimenta la alegría de la compañía de su familia. También reconoce que morir tiene sus ventajas al permitirle revivir toda su vida y apreciar los momentos preciosos.


El estilo de este poema "Ayer morí" es introspectivo y reflexivo. El autor utiliza un lenguaje poético y metafórico para explorar temas profundos como la vida, la muerte, el amor y el significado de existir. A través de imágenes vívidas y descripciones emocionales, el poema evoca una sensación de melancolía y búsqueda de sentido.


En cuanto a los valores literarios presentes en el poema, se pueden destacar los siguientes:


  • Autenticidad: El poema refleja la sinceridad y la honestidad del autor al abordar temas universales de la condición humana. El poeta expresa sus pensamientos y emociones de manera genuina, sin pretensiones.


  • Introspección: El poema se sumerge en la mente y los sentimientos del autor, explorando sus pensamientos más profundos y revelando su búsqueda de significado y conexión con el mundo.


  • Imaginería y metáforas: El uso de imágenes vívidas y metáforas en el poema crea una atmósfera poética y evocadora. Estas figuras retóricas permiten al autor transmitir sus ideas y emociones de manera más intensa y simbólica.


  • Reflexión filosófica: El poema invita a reflexionar sobre temas existenciales y filosóficos, como la vida, la muerte, el propósito y la trascendencia. A través de estas reflexiones, el autor busca encontrar sentido y comprensión en su experiencia personal.


En resumen, el poema "Ayer morí" es una introspección que usa imágenes y metáforas poéticas, explorando temas profundos e invitándonos a la reflexión filosófica. El poema muestra una perspectiva reflexiva sobre la muerte como un paso necesario hacia un nuevo comienzo (metamórficamente hablando). El poeta encuentra consuelo en el reencuentro con seres queridos y en la capacidad de dejar ir y amar desde la distancia. La muerte es vista como un proceso doloroso pero transformador, que abre paso a un futuro radiante en cada momento presente.


"Ayer morí”


¿Quién lo diría? Tenía tiempo agonizando. La mitad del

tiempo lo sospechaba, la otra mitad solo pensaba que la vida

era una enfermedad que con alguna sonrisa o abrazo podría

curarse. Hay quienes alivian sus síntomas con sexo, alcohol

o drogas, pero en vano hacen estos intentos fútiles. Si la

vida es una enfermedad, es nuestro deber inexorablemente

morir por ella.


Nunca imaginé poder experimentar tantas cosas buenas durante

mi lucha. Pensé en más de una ocasión que en la lucha contra

la corriente, en aferrarme al deseo de vencer al río encontraría

por lo menos la satisfacción de que lo intenté, y no se trataba

de eso, eso era vanidad, aunque sí tenía que ver con las fuerzas

que iba creando con este testarudo entrenamiento.



Ayer morí. Y no hubo caras conocidas a mi alrededor. No hubo

quién recordara cosas buenas de mí, y como van las cosas

tendré que escribir mi propio obituario. El error está en esperar

de otros, y se erra todavía más al enojarse o crear rencores

Ayer morí, porque el libreto que vamos escribiendo de nuestra vida no

parece haberle llegado a ninguno de los actores.


Ayer morí. Morí de pie, cubierto de tristeza, con la espalda

limpia, libre de cicatrices. Me encargué de recibir todos los

golpes de la vida en el pecho y la cabeza. Eso quizás explique

por qué mi corazón late desacompasado y por qué

alucinaba y creía que podía ser salvado de mis demonios

cuando lo que siempre debí fue hacerme su amigo y domesticarlos

como pocas veces en la vida lo estuve yo.


Ayer morí en una danza desesperada, en un fin de mundo

único y personalizado, hecho a mi medida y a la de mis

errores. Morí intentando no escapar de mis creaciones,

orgulloso de mi instinto y mis aventuras. Morí solo y en la

oscuridad más absoluta, total. Aunque era yo quien se

moría, no me iba, era llevado.


Ayer morí. Y por fin pude rendir pleitesía a la dama elegante

de Saramago. De haber sabido de su cortesía y compasión;

me hubiese entregado a ella unos años antes, cuando la vida

no había dolido tanto y estaba en mejores condiciones para

disfrutar una conversación civilizada y un bocadillo bajo la

sombra de alguna Manguifera indica, tan comunes en este

lado de la existencia.


Ayer morí. Y lo hice en silencio ¡Qué vergüenza! Después

de haber llegado a este mundo gritando y lleno de revolución.

Ayer morí y nadie me detuvo; tampoco iban a poder,

pero hubiese sido halagador y reconfortante sentir que hacía

falta, en vez de que sobraba. Ayer morí en el alivio de

quienes querían ayudarme a vivir inyectándome veneno y

estupefacientes. Te será más llevadera la vida decían, dolerá

menos estar despierto repetían ¡Yo no quería que dejara de

doler! Por lo menos el dolor era real. La vida es batalla,

guerra y agonía dice Unamuno y yo le creo. No sirve de

nada vivir sin cumplir al propósito para el que fuimos

concebidos, tal ridiculez no podría llamarse vivir. La vida

no vale nada si no se pone al servicio de una causa por la

cual valga la pena morir.

Ayer morí. Morí con los ojos abiertos y me alegró que no haya

habido nadie para cerrarlos. Muchos años me costó abrirlos y

muchos más concebir una idea más o menos apropiada de la

realidad que ellos solo en parte percibían. El cielo o el infierno

poco importan. El más allá es una empresa que debe dejársele a

los que ya están allá, para compartir con los que les hagan

compañía. El más acá todavía tiene misterios sin resolver y

cuadernos que, como una amante, esperan abiertos, ansiosos

porque se derrame un poco de poesía en ellos.


Ayer morí. Y ya sea que me lo soñé o en verdad pasó, vi el

rostro de quienes me aman, porque el amor es eterno, y no

reconocí a la mayoría. Tonto yo que no los amé también o

no como merecían. Vi sonrisas ancestrales dándome ánimos

a continuar y escuché susurros ansiosos por oír mis historias.

Pensar que tuve que morir para encontrar a quienes les

importen. Cuando en vida se tiene demasiado que decir, es

muy probable que uno decida rodearse de quienes tienen

poco con qué escuchar. Y es normal, solo que tuve que ver

la luz del túnel y ver pasar mi vida entera frente a mis ojos

para entenderlo.


Ayer morí. Y debo decir que morir tiene sus ventajas. Porque

para morir hay que revivir toda la vida y allí durante este

instante sempiterno encontré, mejor dicho, me encontraron

los abrazos de mi madre y su mirada cálida, aquellos apodos

de infancia que por inmadurez fingía no querer escuchar

pero que siempre fueron como una medalla al honor. Encontré

a mi pequeña familia jugando a las escondidas bajo la luz

amarilla de una lámpara en la plaza y sentí nuevamente la

emoción de que mi papá nos buscara mientras mi mamá y

yo reíamos bajo las ramas de un árbol que formaba una

cúpula. Recordé consejos que nunca seguí, y fueron tan

claros para mí que parecía que estaban siendo tatuados a

fuego en mis palmas, para que antes de tocar cualquier cosa

pensara si valía la pena el dolor que me podría causar y que

si me entregaba lo hiciera con alegría y sin recelo. Vi a mis

enemigos, pero no eran más mis enemigos, eran maestros,

invitándome a aprender las cosas más útiles, de las maneras

más permanentes.


Ayer morí. Y no fue coincidencia ni casualidad, no fue

prematuro ni demasiado tarde; fue en el momento preciso,

fue lento y doloroso y a la vez fulminante y placentero. Lo

siento por quien sea que le tocó recoger el cadáver porque

quizás le incomodó la expresión ambigua que dejé en mi

rostro entre esa sonrisa empapada de lágrimas y la satisfacción

de un amante que ya satisfecho, abraza a su cómplice

sin importarle si el mundo se acaba porque su mundo está

entre sus brazos.


Ayer morí. Y en el proceso tuve miedo, miedo a descubrir que

hubiese querido morir antes y miedo a que no me dejaran

morir en paz o me trajeran de vuelta. Tuve miedo a haber

dañado otras muertes o a no haber honrado a los caídos que

lo merecían. Tuve miedo porque, siendo sinceros,

morir no es fácil, ni aquí ni en la quebrada del ají, ni en

Tangamangapio, Tukpbuntu, ni en ningún lugar. Por suerte

se muere desde adentro y perennemente.


Ayer morí. Y no fue para nada lo que supuse, ni lo que

temía, ni lo que anhelaba. Fue un caminar bajo el sol con el

alma rota entre los dedos y con el pegamento y los planos

para arreglarlo en la otra, fue un dejar ir para amar desde

lejos y un perdonarme la vida desde cerca, fue tener cojones

y por fin usarlos, fue regalar una sonrisa al futuro y disfrutar

el abrazo del pasado, mientras al oído coqueteábamos por

última vez, fue quedar huérfano y vagabundo, y sin importar

qué, irradiando futuro a cada momento presente.


Ayer morí. Y está bien morir de vez en cuando, siempre y

cuando logremos conseguir nacer nuevamente. Porque una

muerte no es el fin, sino el principio...


Gustavo Jorquera @gustavojorquera14

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