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Inspírate con nuestros posts de arte, moda y motivación


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Por Gustavo A. Ricart, Cineasta

Foto: Pexels


¿Qué debo hacer para ser un gran artista?


Esta parece una pregunta de esencia metafísica, pero no tendrá más que respuestas practico-prácticas. Primero debo entender que no alcanza con sentirlo o decirlo. Debo lograr que quienes me rodean me consideren un artista y alimentar esa concepción a la máxima cantidad posible de integrantes de los grupos de poder “artístico”.


Con grupos de poder “artístico” me refiero a ese cúmulo elitista de críticos, gente de medios de comunicación, artistas ya reconocidos, empresarios de la industria del arte y personajes influyentes del ambiente artístico cuya influencia es una especie de orden divino, ya que no se sabe muy bien cuál es exactamente su obra ni cual es realmente la razón de por qué influyen, pero son “formadores de opinión” en el mundo del arte y facilitan la tarea de quienes ni siquiera se toman el trabajo de formarse una opinión. Son "la creme de la creme" y ACROARTE…


Una vez que logre mediatizar mi “arte”, aunque sea de un modo mínimo, seré un artista para la sociedad y pasaré de vago a bohemio, de haragán a pensador, de perezoso a soñador y de inadaptado social a crítico rebelde.


Es importante tener una noción de mercadeo y reconocer que si algo resulta artísticamente exitoso debo repetir la fórmula para que se pueda hablar de mi” estilo. Esto sin olvidar que en determinado momento la crítica caerá sobre mí y entonces estará bien un “yo solo hago lo que deseo sin pensar en la crítica” mientras reviso mis listas de contactos y envío mensajes de agradecimiento por haberme nombrado, aunque sea de modo negativo.


Es de vital importancia, al menos en los primeros tiempos, mientras construyo mi propio mito, asistir a todo sitio donde se reúna la creme de los clubes de arte. Nadie se fijará en un poeta que escribe líneas en una oficina, en un músico que no está donde deben estar los músicos o en un pintor que no desfila por exposiciones ajenas. Debo ser artista las 24 horas y responder como artista a toda cuestión. Debo demostrar mi insatisfacción y mi desinterés por el dinero bebiendo whisky de RD$2,000 pesos la botella en un vaso de vidrio quilla’o.


Hay condimentos no indispensables pero que pueden jugar a favor a la hora de proclamarme artista: una niñez triste, una adolescencia taciturna, momentos de depresión, desengaños y hasta algún intento de suicidio ayudarán a crear mi imagen de espadachín precoz ante las incontinencias del vivir. Todos los grandes pasaron por esas cosas.

Por supuesto que debo recordar haber pasado hambre, hablaré del ruido de mis tripas cuando decidí hacerme al mundo con mi arte debajo del brazo y todas mis cosas envueltas en una manta atada a una rama seca. A la gente le gusta pensar: “pasaba hambre y ahora todos le invitarían a cenar”.


Será bueno a la hora de citar mis fuentes, musas o influencias, alejarme lo más posible de las reales; así puedo nombrar la influencia de Artaud en mi música, la del teatro japonés en mi poesía, la de los ritmos africanos en mi cine o la navegación vikinga en mi actuación. De está manera nadie podrá rastrear mis plagios y la desorientación declarará a mi favor en el juicio contra mi inteligencia.


En el caso de ser astuto para generar escándalos, estará bien una declaración no muy jugada pero que suene rimbombante: “miles de niños mueren en África por la injusticia de este mundo ciego”. Pero teniendo en cuenta que el mercado está saturado de cosas de ese tipo puedo llegar a generar algún efecto desde mi vida privada una vez que sea un artista de cierta trayectoria, esto sin olvidar que hay una gama de escándalos políticamente correctos y otros que no: “el artista fue sorprendido con la mujer de un senador”, “el artista salió desnudo en la última entrega de premios”, “el artista fue detenido por pintar con aerosol la casa de gobierno”, servirán para condimentar mi imagen en creciente marcha hacia la cima. Sin embrago cosas como “fue sorprendido con dos haitianas menores de edad”, “mantiene relaciones con su guardaespaldas” o “golpeó a una anciana en el estreno de su película”, solo servirán para que me lleve el diablo.


Para ser un gran artista no debo menospreciar el poder del gobierno de turno (o me pasará como a Vitico). Con mucha sutileza debo hacer guiños para que quienes ocupan lugares de poder se enamoren de mi. Hay artistas cuya gloria sólo se debe a que algún gobierno de turno se encaprichó con ellos. Y allí todos los beneficios de ser el artista de la hegemonía: espacios públicos a disposición, auspicios insólitos, prensa gratis y la sabrosa botella que se cobra en las oficinas estatales cuyo monto siempre es mayor a la labor realizada. De allí creo viene el reconocimiento “artistas nacionales” para algunos, y sé que los hay “provinciales” y hasta “municipales”. Si logro esto sin que se me identifique políticamente, quizás hasta pueda superar varios cambios de manos en el poder.


Es menester también, tener en cuenta a la hora de elegir el agente de prensa. El será quien informe sobre mi trabajo y hasta informe cuando no tenga nada nuevo que mostrar. Recordemos que todo esto es inversión y que hará que luego de un tiempo pueda esmerarme menos y obtener conceptos inversamente proporcionales sobre mi “arte” de parte de las viejas focas que poseen el cartel de “aplaudan” ante la opinión pública.


Para ser artista debo realizar algunos sacrificios y todos aquellos vínculos que logre construir con la elite de la industria artística deben ser periódicamente aceitados, ya que hasta los pactos de fidelidad más expresos valen aquí menos que un lienzo sin firma.

Sé que para ser artista debo tener carisma, glamour y actitud. Las tres cosas se compran en paquete una vez que alguien con pluma pesada o voz con eco dice “un artista con carisma, glamour y actitud”. Estoy seguro que un chimpancé con 1 minuto de exposición mediática diaria logra al cabo de un tiempo lo que llaman carisma. El glamour se obtiene rehusando un mantel como bufanda en alguna cena de embajada. La actitud es la que se espera de un cabo de infantería: gritos a los soldados rasos y sumisión al sargento.


Todas estas cosas son los que debidamente sincronizadas y requiriendo de mi absoluta atención harán de mí un “artista” con todo lo que ello significa. Revisadas y puestas en práctica estas consideraciones, sé que será difícil que falle en mi vocación. En cuanto al arte, ya tendré tiempo de ocuparme de él una vez retirado de mi agotadora tarea de convertirme en “un gran artista”.


Escrito por Robert Rosario Jiménez

Editado por Natali Hurtado

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Me refiero al movimiento artístico de inicios del siglo XVIII, el Rococó, el cual nació en Francia hacia 1715 y se esparció por Europa hasta llegar más tarde a nuestro continente. Para mi sorpresa, aún hay vestigios del Rococó en este lado del mundo, pues recientemente ví muestras de su presencia en la obra del artista dominicano Benjamín Cruz.


“Dama de azul” es el nombre de esta pintura que me hizo viajar al Rococó. La estética difusa de la obra, además de la técnica mixta empleada por el artista, muestra clara presencia y/o referencia a dicho estilo. El artista une el mar y la vegetación para dar vida a un rostro femenino con diversos colores pasteles.


Esta obra es un vivo ejemplo de lo que dice Eduardo Chillida: “no hay jubilación para un artista; el arte es una forma de vida y como tal no tiene fin”. Me refiero a esto porque, además de lo antes mencionado, esta pieza me ha evocado un vago recuerdo de una obra de 1485 de Sandro Botticelli, “El Nacimiento de Venus”, por la unión de elementos marinos y terrestres. Y si me atrevo a analizar o dar otra interpretación con un poco de nuestro contexto histórico, podría incluso vincular esta “Dama de azul” a la cultura taína, enlazándola con Atabey, quien es considerada la madre de Yúcahu, el principal dios de los taínos, divinidad ligada a la fertilidad, la luna y el mar. Aquí es donde entra mi juicio crítico y de donde nace mi teoría de que a través del tiempo el arte tiene conexiones e interpretaciones que cada artista puede expresar a su antojo y darle su propio formato, como en este caso ha ejecutado tan delicadamente Benjamín Cruz con “Dama de azul”. Las tonalidades, las líneas de definición, los recursos de iluminación y sombras, hacen que esta sea una pieza exquisita a la vista.


Aunque el azul es el color menos presente dentro de la obra, al observar detenidamente podemos ver elementos que nos hacen referencia a su nombre; El artista supo jugar con la metáfora para darle un título al cuadro que puede ser interpretado por cualquier persona atendiendo a su propio juicio. Tal vez aparezcan algunos que incluso podrían hacer referencia a otros estilos artísticos parecidos al Manierismo o incluso Art Nouveau, pero esto ya lo dejo a la percepción personal del espectador que interactúe con ella.

Este análisis me conmueve a tal punto de volver a mencionar mi frase insignia: “el arte no se toca, te toca”... “me tocó” el poder reafirmar la fuerte diversidad y el talento que existe en el campo de las artes visuales en República Dominicana.


Sigue a Benjamín Cruz en @benjamincruzart

Por Gustavo A. Ricart, Cineasta

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"La contemplación de las obras de arte es el alimento del alma. Las obras de arte nos hacen ver más allá de lo que está delante de nosotros, nos transportan a un mundo diferente, nos hacen sentir emociones más profundas y nos dan una nueva perspectiva sobre la vida". (Wassily Kandinsky, 1910)

La apreciación artística es una habilidad que puede ser desarrollada y refinada a través de la práctica y la educación. Esta habilidad nos permite comprender y disfrutar de una amplia variedad de obras de arte, desde pinturas y esculturas hasta música y literatura. En este artículo, exploraremos algunas técnicas y consejos para mejorar nuestra apreciación artística y enriquecer nuestra experiencia al contemplar una obra de arte.


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Una buena manera de empezar a apreciar el arte es aprender sobre la historia y el contexto de una obra. Conocer el movimiento artístico al que pertenece, el contexto histórico en el que fue creada y los antecedentes del artista nos ayuda a entender el significado y la intención detrás de la obra. Por ejemplo, la pintura "La Persistencia de la Memoria" de Salvador Dalí es más fácil de comprender cuando se sabe que fue creada en el contexto del movimiento surrealista, el cual buscaba expresar los sueños y la imaginación en el arte.


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Además de conocer la historia y el contexto, es importante prestar atención a los elementos formales de la obra de arte, como el color, la forma, la textura y la composición. Estos elementos trabajan juntos para crear una experiencia visual y emocional en el espectador. En la pintura "Starry Night" de Vincent Van Gogh, por ejemplo, los remolinos de color y las pinceladas audaces crean una sensación de movimiento y energía que refleja la emoción del artista.


Otra técnica importante para apreciar el arte es la reflexión y la contemplación. Tomarse el tiempo para mirar una obra de arte detenidamente, preguntarse qué emociones o ideas nos provoca y qué elementos formales nos llaman la atención… Esto puede ayudarnos a profundizar nuestra comprensión de la obra. Como dijo el artista británico David Hockney: "Tómate tu tiempo: mira las cosas más detenidamente de lo que lo harías normalmente. Se necesitan horas para ver algunas cosas".

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También es útil comparar y contrastar diferentes obras de arte. Al comparar obras de diferentes artistas o de diferentes épocas, podemos ver cómo se desarrollan temas o estilos a lo largo del tiempo. Por ejemplo, comparar la pintura "Las Meninas" de Diego Velázquez con "Olympia" de Edouard Manet, nos permite ver cómo los artistas de diferentes épocas han utilizado la figura humana en el arte.


Por otra parte, uno de los enfoques más populares para la apreciación artística es la teoría de los cuatro niveles hermenéuticos de la lectura propuesta por el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer. Según Gadamer, existen cuatro niveles diferentes de interpretación que pueden ser aplicados a una obra de arte.


El primer nivel es el nivel literal o descriptivo. Este nivel se enfoca en la descripción objetiva de la obra de arte, sus elementos formales y su contenido explícito. Por ejemplo, si estamos analizando la pintura "La Última Cena" de Leonardo da Vinci, el nivel literal nos lleva a observar los detalles de la composición, la técnica y el uso de la luz y la sombra.


El segundo nivel es el nivel histórico o cultural. En este nivel, consideramos el contexto histórico y cultural en el que se creó la obra de arte y cómo este contexto puede haber influido en la intención del artista y en la interpretación de la obra. Por ejemplo, para comprender la pintura "La Libertad guiando al Pueblo" de Eugène Delacroix, es importante conocer el contexto de la Revolución Francesa y la lucha por la libertad e independencia en Francia.


El tercer nivel es el nivel temático o simbólico. Aquí nos enfocamos en la exploración de los temas subyacentes y simbolismos en la obra de arte. Por ejemplo, la pintura "El Jardín de las Delicias" de Hieronymus Bosch puede ser interpretada como una representación visual de los pecados humanos y la corrupción.


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Finalmente, el cuarto nivel es el filosófico o existencial. En este punto consideramos las preguntas universales y las ideas existenciales que pueden surgir a través de la obra de arte. Por ejemplo, la pintura "El Grito" de Edvard Munch puede ser interpretada como una expresión visual del dolor y la angustia existencial.


En resumen, los cuatro niveles hermenéuticos de la lectura pueden ser aplicados a una obra de arte para enriquecer nuestra comprensión y apreciación de la misma. Al explorar la obra en su nivel literal, histórico, temático y filosófico, podemos desarrollar una comprensión más profunda de la obra y su significado.


La apreciación artística es una habilidad que se puede desarrollar y mejorar a través de la práctica y la educación. Conocer la historia y el contexto de una obra de arte, prestar atención a los elementos formales, reflexionar y comparar diferentes obras son algunas técnicas que nos ayudarán a enriquecer nuestra experiencia al contemplar el arte. Como dijo el escritor y crítico de arte John Ruskin: "El mayor elogio que se puede dar a una obra de arte es no hablar de ella". En otras palabras, la apreciación verdadera y profunda del arte no se trata de la opinión personal o la evaluación crítica, sino de la capacidad de experimentar la obra y conectar con ella de una manera significativa.


Bibliografía

Kandinsky, W. (1910). Concerning the spiritual in art. MFA Publications.

Ruskin, J. (2012). The stones of Venice: Introductory chapters and local indices (Vol. 1). Cambridge University Press.

Hockney, D. (2006). Secret knowledge: Rediscovering the lost techniques of the old masters. Viking.

Velázquez, D. (1656). Las Meninas [Pintura]. Museo del Prado, Madrid, España.

Manet, E. (1863). Olympia [Pintura]. Musée d'Orsay, Paris, Francia.

Van Gogh, V. (1889). Starry Night [Pintura]. Museum of Modern Art, Nueva York, Estados Unidos.

Dalí, S. (1931). La persistencia de la memoria [Pintura]. Museum of Modern Art, Nueva York, Estados Unidos.

Gadamer, H. G. (1975). Truth and method (J. Weinsheimer & D. G. Marshall, Trans.). Continuum.

Da Vinci, L. (1495-1498). La Última Cena [Pintura]. Santa Maria delle Grazie, Milán, Italia.

Delacroix, E. (1830). La Libertad guiando al Pueblo [Pintura]. Musée du Louvre, París, Francia.

Bosch, H. (1480-1490). El Jardín de las Delicias [Pintura]. Museo del Prado, Madrid, España.

Munch, E. (1893). El Grito [Pintura]. Museo Nacional de Noruega, Oslo, Noruega.



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