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Inspírate con nuestros posts de arte, moda y motivación

Escrito por Robert R. Jiménez

Fotos: Fuente externa.


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La magia que tiene el teatro es algo que no se puede explicar con palabras; hay acciones y reacciones que solo se viven en el justo momento que están sucediendo. Katiuska Estéves se presentó a casa llena en el Teatro las Máscaras con un espectáculo sin desperdicio. Iniciando con la canción “Ella” de Milly Quezada, se encendieron las luces del escenario donde, cantando y con algunos pasos, Katiuska miraba al público presente creando un diálogo de miradas y emociones entre ella y los que nos dimos cita.


Mientras transcurría el tiempo, el personaje principal de la obra nos contaba experiencias de su vida, las cuales eran pausadas por interpretaciones de canciones de amor, desamor, superación personal, esperanzas, carácter religioso y fe, con las cuales enriquecía la puesta en escena e involucraba más el público. En estos momentos de música en vivo aparecían dos personajes que interactuaban con Katiuska indirectamente, fungiendo de vez en cuando como su consciencia o personificando acciones surrealistas.


Esta historia que lleva un carrusel de emociones, nos plantea una gran lección de vida que la puede vivir cualquier ser humano sin importar el estatus social, tocando temas como la obesidad, la inseguridad, la fe, la pérdida de un embarazo, y muy especialmente la autoestima y la fuerza para nunca rendirse.


Rompiendo Estereotipos, una pieza que no se vale de una ostentosa escenografía, nos enseña que rendirse no es una opción, haciendo honor a lo que dice la Biblia en Josué 1:9: “Esfuérzate y sé valiente”. La obra también nos invita a tener objetivos concretos y a tener en cuenta que nuestro amor propio es la gran arma que se necesita para vencer diferentes adversidades que se presentan en nuestras vidas, como dice justamente 1ra de Juan 4:18: “El amor echa fuera el temor”.


Aunque quizás se piense que la obra tal vez está dirigida a un público que sufra de sobrepeso, es todo lo contrario. Su eje principal puede verse reflejado en cualquier ser humano.

Felicito a todos los talentos involucrados en este proyecto, donde su gran mayoría son chicos muy jóvenes, lo cual nos confirna que la nuevas generaciones mantendrán esa calidad que nuestro teatro dominicano ha ido cultivando.


Ficha técnica:

Actuaciones 

Katiuska Estévez 

Nicol Navarro 

Ohani Poueriet 

Juan Isaac Ramírez (piano) 


Producción 

Producción Ejecutiva: Katiuska Estévez 

Producción General: Daniel Sosa 

Dirección: Daniel Sosa

Guión: Katiuska Estévez y Ohani Poueriet 

Dirección de Escenas: Ángel Martínez 

Diseño de Luces: Daniel Sosa 


Síguelos: 

Katiuska Estévez @katiuskam.estevez 

Daniel Sosa @danielsosa19

Nicol Navarro @navarrow2

Ohani Poueriet @xohanix

Juan Isaac Ramírez @jisaac17



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Texto: Natali Hurtado

Fotos: Fuente externa


Para mí, lo que define si una película es buena o mala son detalles "simples" pero muy notorios. No soy experta en cine, pero después de ver The Challengers, sentí que era imposible quedarme callada e inmediatamente me puse a escribir.


Además de la trama, que considero fundamental para la calidad de una película, valoro y me cautivan elementos como las escenas, los ángulos, el movimiento, el recorrido de la cámara, la musicalización y la progresión.


The Challengers es una película muy dinámica y vehemente. Tiene un elemento clave que te mantiene atento y alerta en cada escena: un partido de tenis muy importante entre dos amigos que rompieron su relación por una mujer. Cuando eran adolescentes, ambos se enamoraron de la misma chica, y a medida que el tiempo avanza, sus vidas giran en torno al tenis, a quién se quedará con quién y a quién es mejor que quién. Esta escena principal se ve interrumpida a lo largo de la película por pequeños viajes al pasado y al futuro cercano, que explican cómo evolucionó la historia hasta llegar al presente. Esto es una genialidad, porque hace que todo lo que ocurre en la película sea importante y, por ende, te obliga a mantenerte a la expectativa de lo que pueda pasar.


Además de estos saltos temporales, la dirección de arte es exquisita, situándonos visualmente en los distintos tiempos de la historia sin perder el hilo. Este trabajo es particularmente notable en el físico de cada personaje, reflejando el paso del tiempo en las arrugas, el cabello, las líneas de expresión y el deterioro del cuerpo.


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Y ni hablar de los actores: Ya sabemos de la calidad actoral de Zendaya, pero sus compañeros Mike Faist y Josh O'Connor son extraordinarios. Este trío manejó con la misma entrega escenas de distinta índole: dramáticas, eróticas, cómicas y violentas. Todas envueltas en una atmósfera marcada por el movimiento, donde el director juega a cambiar de sitio al espectador, situando la cámara en lugares impensados, como por ejemplo, en la misma pelota de tenis que se mueve de un lado a otro sin parar.


Lo que más me gustó de esta película de Luca Guadagnino (su película número 11 para ser exactos) es que, aunque trata sobre deportes, no está exclusivamente dirigida a los amantes del tenis. Está tan bien hecha que es perfecta tanto para quienes conocen el tenis como para aquellos que no tienen la más remota idea.


Te invito a que veas esta película y descubras un final inesperado que le hace justicia a todo el recorrido de esta emocionante historia que promete ser ganadora de muchos premios.

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Por Gustavo A. Ricart, Cineasta y Crítico de arte

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Conviene primero reflexionar  sobre lo que es “la cultura”. Esto es un conjunto de conocimientos, creencias, arte, leyes, costumbres y hábitos que caracterizan a una sociedad. Es la expresión colectiva de valores, prácticas y formas de vida compartidas, transmitidas de generación en generación, y se manifiesta en todas las facetas de la experiencia humana.Ahora imagina que la identidad cultural es como una receta secreta que viene de un pasado lejano, un “tiempo mítico” donde se formaron los valores y las costumbres que hacen único a cada pueblo o nación. Según esta visión esencialista, esa receta ya está escrita y no cambia, incluso cuando el mundo a nuestro alrededor está en constante movimiento.


Esta perspectiva ha alimentado muchas veces los nacionalismos y las tradiciones, creando modelos fijos que se supone debemos seguir al pie de la letra. En ciertos momentos de nuestra historia, estas ideas han ayudado a que cada país se afirme y se sienta orgulloso de sí mismo. Pero, ojo, cuando se aferran demasiado a esa inmutabilidad, terminan favoreciendo un statu quo que no reconoce cómo las culturas evolucionan. Esto es lo que suelen hacer los movimientos retrógrados que, muchas veces, benefician a las oligarquías que prefieren que todo se quede como está.


Pero no todos los nacionalismos son iguales. Hay un tipo más cerrado y beligerante - el chauvinismo - que puede llevar a extremos peligrosos como el fundamentalismo. Por otro lado, hay un nacionalismo que simplemente busca destacar lo propio como una forma de distinguirse en el mundo. Lamentablemente, a menudo se mete todo en el mismo saco, lo que no es justo. Amar a tu país y sentirte parte de él no es malo; lo que es repugnante es cómo algunos dictadores y demagogos manipulan ese sentimiento para sus propios fines.


En lugar de ver la identidad cultural como algo fijo e inmutable, es más divertido y realista pensar en ella como una matriz que se va transformando con el tiempo. Un buen ejemplo de esto son los inmigrantes, quienes traen consigo sus propios rasgos culturales y, a través de su interacción y adaptación, crean nuevas mezclas culturales. Este flujo de personas y culturas es algo que sigue vigente hoy en día, y enriquece constantemente nuestra identidad.


Aunque la palabra "identidad" sugiere algo que no cambia, la realidad es que la identidad es siempre una cuestión de relaciones. Somos seres sociales por naturaleza, y nuestra identidad se forma y transforma en nuestra interacción con los demás y con el contexto en el que vivimos. Aquí es donde entra en juego la idea de Enrique Pichon-Rivière: somos seres complejos y contradictorios, influenciados por nuestro entorno social e histórico, pero también capaces de cambiar y transformar la realidad a nuestro alrededor. 

Para entender mejor cómo se forma nuestra identidad, pensemos en la mezcla de culturas como en una olla de sopa gourmet. Cada ingrediente, es decir, cada cultura que se suma, aporta su propio sabor, creando algo nuevo y delicioso con cada interacción. Esta idea de identidad como una matriz en constante cambio nos permite ver cómo las diferentes influencias y experiencias se combinan para crear algo único y dinámico. Como dice Hall (1996), "La identidad cultural es una cuestión de 'convertirse' así como de 'ser'. No es algo fijo, eterno, sino algo en continua formación" (p. 4).


En un mundo tan globalizado como el nuestro, la interacción entre culturas es inevitable y, de hecho, enriquecedora. Las migraciones, los intercambios culturales y las influencias globales nos recuerdan que la identidad no puede ser estática. Somos parte de una red global donde cada uno de nosotros trae su propia historia, sus tradiciones y su perspectiva, enriqueciendo así la experiencia humana colectiva. Pichon-Rivière (2003) nos recuerda que "El sujeto es productor y producto de su contexto socio-histórico, inmerso en una trama social que conforma su subjetividad" (p. 19). Así, en cada interacción y en cada nuevo encuentro cultural, nos transformamos y contribuimos a la transformación de nuestra sociedad.

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